La terapia del apapacho y la sobadita de lomo hace de los adictos pacientes profesionales. Se requiere acotar su comportamiento y establecer paradojas personales para que modifiquen su conducta adictiva.

Más del 80% de los individuos que sufren adicciones fallan en su tratamiento ya que manifiestan alteraciones neurológicas que alteran la capacidad de insigth y presentan disminución de la conciencia de sí mismo lo que les impide evaluar la severidad de su trastorno.

Una revisión exhaustiva de literatura científica al respecto reporta alteraciones en:

a) La ínsula que contribuye a funciones como la interocepción, la conciencia de sí mismo y activa la apetencia incontrolable por las drogas.

b) El cíngulo anterior que contribuye a funciones como el automonitoreo, la capacidad de selección de lo que es conveniente para su organismo (lo que establece una seria desventaja en las personas que abusan de sustancias psicoactivas ya que por más daño que provoquen no dejarán de consumirlas).

c) El núcleo estriado dorsal que participa en la formación de hábitos.

El daño de estos circuitos neuronales interrumpe señales que habitualmente le indican la existencia de problemas en los seres humanos, por lo que sus conductas autodestructivas pueden llegar a no preocuparles en lo más mínimo.

Emocionalmente no comprenden las implicaciones de su situación y no establecen contacto con el daño que genera las consecuencias de dichas conductas. Cognitivamente el proceso de pensamiento, aprendizaje, reconocimiento y memoria está alterado por lo que son incapaces de aprender de las consecuencias del consumo de sustancias.

Para incrementar la eficacia del tratamiento de los trastornos afectivos es necesario identificar si existe presencia de estas lesiones. Posteriormente se busca la corrección farmacológica y se establece un tratamiento psicoterapéutico que consiste en asociar la emoción a la cognición, lo que en la mayor parte de los casos genera angustia, pues es complicado comprender el grado de daño que se han y han causado.

Una vez que el paciente abandona su zona de confort se sella el camino de regreso a ella a través de hábitos de vida, conciencia situacional y reconocimiento emocional, de sí mismos y del medio. Logrado esto último, se suspende el tratamiento farmacológico y en algunos casos el individuo puede acceder nuevamente al consumo de sustancias de una forma controlada.

La dificultad de este tipo de tratamiento es que las personas que consumen sustancias lo hacen por el placer que estas generan y muchas veces no toleran “la fase desapaciguadora” inicial del tratamiento. Bien decía mi abuela “no hay borracho que trague lumbre” ni codependiente que se lo permita.

Dr. Félix Aranday Cortés

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